Todos
hemos escuchado (o incluso dicho) alguna vez “No me gusta este alimento o aquel
otro”, “¿Y lo probaste?”, “No, pero no quiero”. Esto suele ser habitual en
niños a la hora comer, pero también hay adultos en el mismo caso. La aversión a
ingerir una comida determinada o la repulsión a un alimento concreto está
catalogado como un tipo de fobia hacia los alimentos o hacia el propio acto de
comer.
Se da
un caso de fobia alimentaria cuando, tras descartar las preferencias o gustos
personales alimentarios, el tener que probar un alimento ocasiona en la persona
una fuerte ansiedad que se acompaña de miedo irracional e intenso, además de un
rechazo compulsivo, inmediato y profundo hacia el alimento en cuestión. Para
diagnosticar y tratar una fobia alimentaria es básico explorar las emociones
que la persona experimenta ante la comida, ya que en caso de fobia suele
asociarse el alimento con sensación de malestar profundo, peligro, o con una
experiencia desagradable.
Existen
diferentes tratamientos para las fobias alimentarias. Los primeros especialistas
a los que deben acudir las personas que sufren este problema son los psicólogos.
Estos especialistas indican que cuanta más presión se ejerza sobre el niño para
que supere el problema, más se agravará éste, pudiendo derivar en una fobia
crónica. Esta posibilidad es mayor si se llega a críticas o amenazas que
provocarán que el niño relacione ese alimento con una situación tensa y
desagradable.
Las
fobias alimentarias más comunes se dividen en 2 grupos: fagofobia (miedo a
tragar) y neofobia (rechazo de alimentos nuevos). Hablaremos de casa uno de
estos grupos en posteriores entradas.
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